Retener a los mejores

En el mundo de las organizaciones hemos estado requiriendo durante décadas retener a los mejores, precisando de dos tipos de personas: las que usan la “cabeza” y las llamamos “inteligentes”, y las que usan las manos y las llamamos “obreros”. Ni siquiera la sociedad misma ha estado interesada en el crecimiento, la apertura y la maduración del corazón. Porque creemos que con ello no se pueden hacer grandes cosas como ganarle a la inflación, hacer negocios millonarios, o lograr el desarrollo económico de un país.

Sin embargo, un corazón maduro puede lograr conquistas tan maravillosas como recuperar la alegría, levantar la autoestima, trabajar con entusiasmo, cumplir los compromisos acordados, creer y luchar por un ideal, y por que no, lograr el desarrollo de un país con habitantes felices.

El presente y futuro de cualquier Organización tanto en el ámbito público como privado, depende enteramente de su relación con las personas a quienes sirve y de quienes se sirve. Y esto significa que tenemos que cuidar precisamente esas relaciones. Una organización podrá tener el mejor proyecto, la mejor infraestructura y tecnología, la mejor campaña de marketing, la mejor estrategia y planificación, pero si su gestión no está basada en relaciones de confianza y en el valor de las personas jamás logrará la “lealtad” como retorno.

Cuidar las relaciones implica dar lugar en nuestras empresas al tema emocional. En los liderazgos actuales cada vez tienen menos espacio aquellos líderes estrictamente racionales que no se permiten sentirse a si mismos, ni sentir lo que necesitan los demás.

Los líderes que no consiguen despertar en las personas sus propias emociones y pasión por lo que hacen jamás lograrán resultados extraordinarios.

Casi siempre hemos pensado que el fenómeno emocional pertenece al mundo de la intimidad, de lo femenino y de la fragilidad, generando la mayoría de las veces improductividad, sobre todo en el ámbito organizacional. Sin embargo paradójicamente, estos años también han arrojado suficiente evidencia de que las solas competencias técnicas y la mera racionalidad no alcanzan para generarnos bienestar y ni siquiera efectividad. Son demasiados los equipos humanos, que presentando altos niveles técnicos en sus dominios, son tremendamente improductivos a la hora de mostrar resultados, debido a sus problemas de relaciones interpersonales, falta de confianza, falta de autoestima, mala comunicación, entre otros. Y estos no son problemas racionales, sino emocionales.

Hoy tender puentes entre el mundo racional de las ideas y el mundo de las emociones es el verdadero desafío para trabajar con personas.

Aquellos que lideran y hacen la diferencia requieren organizaciones que les brinden espacios para experimentar, para soñar, para ser escuchados, y dar sus aportes. Y si no lo encuentran en una organización simplemente lo buscarán en otra.

Uno siempre puede retener a personas “dependientes”, interesadas tan sólo en servir como mano de obra, pero es mucho más difícil retener a aquellos que se atreven a innovar, que generan procesos, y que tienen el talento para encender la pasión y el entusiasmo de los otros. A estas personas no se las puede “tener”, como tenemos la más moderna tecnología, o el más cómodo escritorio. A ellas, siempre hay que merecerlas.

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